
De pronto, en la inmensidad del Senado Romano, se produce la intervención de
Catón. Todos le escuchan.
Pompeyo,
Cicerón, todos. Habla en el año 52 antes de
Cristo. Critica con dureza la campaña de
Julio César en la Galia, contienda cruenta que acaba de finalizar tras ocho largos e interminables años. La califica de guerra injusta y cruel. Tiene duras palabras para con el ex-cónsul de Roma. Llega a dejar entrever que es un megalómano imperialista y que sólo lo mueven intereses espurios. La escena la contemplé la otra noche en la serie
Roma, que han producido la estadounidense
HBO y la británica
BBC y que aquí emite
Cuatro. Por un momento me retrotraigo al mundo actual. Y pienso, por ejemplo, en quien pudiera utilizar idéntica verborrea para con
George W. Bush y su
campaña en Irak. Los romanos tardaron ocho años en someter
“unas tierras diseminadas por distintas regiones donde vivían tribus de raza céltica que se pasaban el tiempo haciéndose la guerra entre sí”, como cuenta el maestro
Indro Montanelli en su imprescindible
Historia de Roma. ¿Cuánto tardarán los Estados Unidos en solucionar el contencioso iraquí?
Y un guiño a nuestro
acervo nacional: en la Galia, cuenta Montanelli, las tribus estaban divididas en tres clases: nobles o caballeros, que tenían el monopolio del Ejército; sacerdotes o
druidas, que poseían el monopolio de la religión y la instrucción; y el pueblo, de quien escribía el veterano periodista, que tenía el monopolio del hambre y del miedo. César creía que para dominar todo aquello bastaría con mantenerlos divididos y enfrentados. Pero no se le ocultaba el peligro que se cernía: que los
druidas se pusiesen de acuerdo entre ellos y constituyesen el centro espiritual de una unidad nacional.
Acerbo planteamiento en tiempos de
búsqueda de identidades nacionales.